Cuando nos hayamos ido
En la Barcelona de los 80 todo el mundo luchaba por conseguir instaurar y mantener libertades, ideologías, derechos, reivindicaciones sociales, laborales, culturales y de las mujeres como la emancipación, la visibilidad, el desarrollo, la exterminación de los tabus sexuales y religiosos, etc. Yo luchaba por seguir a delante con mi vida, mi marido, mi hijo, el paro, un padre alcohólico y 5 hermanos menores destruidos por la falta de estabilidad familiar, emocional y de cariño.
A los 11 años trabajaba en una peluquería del barrio. Durante la semana iba al colegio y el viernes sábado y domingo lavaba cabezas y quitaba rulos subida a un taburete. Allá donde iba cargaba con el taburete para subirme. El agua se calentaba en ollas que eran más altas que yo; la sacaba en cubos para aclarar el cabello. Muchas veces, al inclinarme para cogerla, me caía de cabeza y tenían que venir a rescatarme. Aún no tenía 13 años cuando me sacaron del colegio para ponerme a trabajar definitivamente. En el sector de los niños trabajadores no había reivindicaciones. Allí hacía de todo. Antes de entrar a trabajar cada tarde tenía que ir a casa de mi jefa para fregar los platos, hacer la compra, recoger la casa. Era “la niña para todo” con título de aprendiza de peluquería. Cuando venían los inspectores a revisar los aspectos legales, me escondían en el cesto de las toallas sucias, enseguida lo aprendí. Cada vez que veía a un hombre, ¡yo al cesto! En mi casa éramos muchas bocas para un solo sueldo. Al poco tiempo, mi madre nos abandonó y mi padre era una destilería andante, así que mi sueldo se convirtió en el ¡sueldo!, y yo en la cabeza de una familia rota. Continue reading »