
Miguel Delibes, que no temía a la muerte ni deseaba ser eterno, falleció el pasado 12 de marzo dejando tras de si el legado de una obra magnifica y una trayectoria personal que lo convierten en un maestro no solo como escritor también como ser humano. Fiel a la imagen de castellano austero, supo mantenerse al margen de la vorágine mediática en la que cayeron otros autores de su generación haciendo gala de una vida sencilla en la cual la familia y su ciudad natal, Valladolid, fueron los dos pilares de su existencia.
Su carrera literaria se inició con la novela “La sombra del ciprés es alargada” que se convirtió en premio Nadal en 1948, con su segunda obra “Aun es de día” tuvo que enfrentarse a la censura franquista, “El camino” supuso su consagración definitiva en la narrativa de la postguerra. A partir de 1952 inicia una nueva etapa en la que pública prácticamente una novela cada año entre las más destacadas: “Mi idolatrado hijo Sisi”, “La hoja seca”, “Las ratas” o “Diario de un emigrante”. Los años sesenta supusieron una época convulsa para el autor, sus continuos enfrentamientos con Fraga le obligaron a dimitir como director del diario El Norte de Castilla, fue la época de mayor creatividad del novelista su obra más destacada fue sin duda “Cinco horas con Mario”, monologo de una mujer mientras vela el cadáver de su marido, representada en el teatro por la actriz Lola Herrera con enorme exito.
Posteriormente vinieron títulos como: “El disputado voto del señor Cayo”, “El tesoro” o “Los Santos Inocentes” llevada al cine, consiguiendo sus actores Paco Raval y Afredo Landa el premio a la interpretación en el Festival de Cannes. En los noventa publicó su última gran obra, “El hereje” con la que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa, tras la cual su mala salud le obligó a colgar los trastos de escribir.
Numerosas entidades culturales tanto nacionales como internacionales propusieron en repetidas ocasiones a Delibes como candidato al Premio Nobel de Literatura, del que sin duda era merecedor por la calidad y proporción de su trabajo. Ahora su muerte lo convierte en el mejor Nobel nunca concedido.
Mª Jesús Mandianes
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