La Involución de la Evolución
Soy la mayor de seis hermanos y desde la más tierna infancia me recuerdo lavando culos, cambiando pañales, dando biberones y cargando con los hijos de mis padres a donde quiera que haya ido. Harta de sometimiento, obligaciones y responsabilidades que no me pertenecían me prometí a mi misma que cuando fuese mayor cambiaria todas esas cosas.
Como tantas y tantas otras mujeres de mi generación luché para ser diferente a mis antecesores y al medio en el que vivíamos. Queríamos ser visibles en una sociedad ciega, hipócrita y machista, donde el papel de la mujer y las niñas era subyugado a la dependencia y las necesidades de la propia familia.
Conseguir un trabajo con horarios y salarios dignos fue nuestra prioridad. Entonces trabajar 10 o 12 horas diarias era lo habitual, sin fiestas, horas extras, seguridad social, días personales, ni siquiera contrato y, por supuesto, si no eras mayor de edad tampoco representaba un problema para nadie.
Te casabas y para la familia era como si ya te hubiesen colocado definitivamente, te arrancaban del hogar materno y si comías, comías, y si llorabas, llorabas y si te amaban ¡¡¡bingo!!! Te había tocado la lotería. En aquel entonces no te ayudaba nadie, ni económica ni personalmente. Si tenias dinero afrontabas tus gastos y si no lo tenias te espabilabas buscando otro trabajo además de las 12 horas que ya hacías aunque no durmieses. Si necesitabas ayuda personal te volvías loca preguntando a diestro y siniestro pero nadie correspondía. El lema era: tus problemas para ti.
Así que nos convertimos en mujeres capaces de enfrentarse a la sociedad y plantarle cara exigiéndoles lo que era nuestro y merecíamos. Queríamos ser independientes, autónomas, madres, trabajadoras, impulsoras de lo justo y denunciantes de todo aquello que no fuese legal y honesto. Para nosotras la defensa de nuestros derechos e ideales era fundamental. La lucha por ser libres y no estar sometidas a nada ni a nadie era básica para respirar el día a día. La protección y la entrega para mejorar la vida de nuestros hijos era el motor que nos impulsaba a seguir consiguiendo y construyendo nuevas etapas continuamente.
La generación de la emancipación nos llamaron. Aunque para conseguirlo tuvimos que convertirnos en las súper womans de los 80. Unas revolucionarias pluriempleadas agotadas y sin aliento. Pero llenas de dignidad y satisfacción por lo conseguido. Verdaderas supervivientes que luchamos acérrimamente para cambiar el mundo con la esperanza de que las que viniesen detrás lo tuviesen más fácil de lo que nosotras lo habíamos tenido.
Hoy, aun con el sabor de la lucha y el trabajo en las espaldas, observo a las generaciones que nos han sustituido con estupor e incredulidad. Constantemente me pregunto ¿en qué nos hemos equivocado? Sin saber como ni cuando, nuestro esfuerzo vital ha declinado en una generación de personas apáticas cada vez más dependientes: de los padres, las compras, el culto al cuerpo, los móviles y las máquinas. Exentas de ideales e inquietudes, en estas generaciones impera la ley del mínimo esfuerzo: trabajar poco y cobrar mucho es su lema. Los llaman la generación NINI (ni estudian, ni trabajan, ni nada de nada).
En estos tiempos materialistas en los que andamos, el Y0 prevalece desbancando al nosotros y esto se ha hecho extensible a todos los terrenos y ámbitos, induciéndonos a una creciente y preocupante devaluación de los conceptos humanos donde importa más lo que tienes que lo que eres.
Los cambios producidos están descuajaringando el núcleo familiar empujando a los niños a una soledad no deseada que esta haciendo añicos el vínculo afectivo y la transmisión de los valores y principios. Los conflictos violentos cada vez son más frecuentes entre ellos y como siempre ha pasado, siguen siendo los grandes perdedores de esta sociedad evolutiva y emancipada. La diferencia es que ahora tienen de todo, se les compra con regalos y se les manipula con premios a cambio del tiempo y la atención que no se les dedica.
Como militante activa en la lucha para conseguir las mejoras sociales, laborales, sexuales y familiares de una época, me siento en el deber y la obligación de evidenciar lo que yo considero una involución de nuestros logros. No creo que ninguna de nosotras hiciésemos aquella terrorífica guerra para obtener tan nefastos resultados. Yo no luché para conseguir una igualdad hombre y mujer malentendida carente de compromiso, identidad personal y falta de responsabilidad propia y de los que nos rodean. Jamás imaginé que nuestro esfuerzo serviría para convertir a las mujeres en hombres con tetas. Mi lucha, al igual que la de muchas otras, fue para liberarnos del yugo que nos anulaba, sometía, invisibilizaba y oprimía defendiendo a ultranza quienes éramos y qué queríamos conseguir en la vida.
La dichosa emancipación ha sido un verdadero fracaso, un engaño, un desconcierto. Primero trabajamos para nuestros padres, después para nuestras familias y ahora para mantener el estatus al que hemos acostumbrado a nuestros hij@s ¿Qué más da quien nos oprima, si nos siguen oprimiendo?
















Yo también soy de esa generación y estoy asustada de lo que veo esta juventud esta cansada desde que se levanta hasta que se acuesta. A veces me da mucha rabia, con lo que hemos pasado nosotras.
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La Pizarra ha respondido:
agosto 24th, 2010 at 1:02
Muchas gracias nuevamente. Supongo que estos son los cambios generacionales cada época tiene los suyos.
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