Mi primera casa fue una pequeña barraca en el barrio de la Perona. Mis abuelos paternos cedieron a mis padres parte de su terreno para que construyesen la casa. Dos compartimentos cuadrados que hacían las veces de dormitorio, cocina y comedor.
Un cuadrado era la habitación y en ella había un armario y dos camas: la de mis padres y la de todos los niños separadas entre si por un diminuto espacio. Entonces éramos cuatro hermanos: dos dormíamos a la cabecera de la cama y los otros dos a los pies. Nos pasábamos la noche tropezándonos los unos con los otros hasta que un cachetazo de mi madre ponía fin a las quejas constantes, así dormíamos calientes como solía decir ella. El otro cuadrado era la cocina para todo: cocinar, comer, estar, el baño. Todo incluido en un mismo cubículo. Cuando nacieron los gemelos mis abuelos volvieron a ceder otro trozo de su casa y se añadió un nuevo cuadrado a los dos que había. De día era el comedor y de noche se habría una cama plegable donde dormíamos mi hermana y yo. Esta fue la casa de mi infancia, una infancia aglomerada y compartida a milímetros. (más…)









És una qüestió que causa una mica d’angoixa i també, a vegades, vergonya o fins i tot mandra, però és important que totes les dones es facin un examen ginecològic complet des del moment que comencen a tenir relacions sexuals i a partir dels 25, encara que no les hagis tingut.
La Carlota parla de sexe





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