Posts Tagged "Elvira Peña"

Relación Vecinal

No se si es cosa de estos tiempos pero ya no tenemos vecinos o, al menos, es lo que parece cuando nos recogemos en estos cubículos que llamamos casas. Somos como hormigas que salen y entran, que se tropiezan, se pierden, se encuentran y se pierden más.

¡Qué diferencia! Antes andábamos y ahora corremos. No tenemos tiempo ni de saludar por las mañanas, siempre con esa cara agria que nos ponemos al despertar.¡Que controversia! Los vecinos ahora son seres que nos amargan, nos agobian y nos dan problemas en las nobles estanterías en las que vivimos.¡Pues si! Ya no tenemos vecinos con las que charlar y mantener una relación social  de colaboración y ayuda mutua.¿No será  por eso que ahora hay tantos psicólogos  y grupos de ayuda mutua?¡Pero que tontos somos! Antes, estos servicios eran gratis y, además, formabas parte de una comunidad solidaria.

Bueno, dejo el tema, que he preparado un bizcocho y me voy a visitar a mi vecina Luisa que está convaleciente de una operación. Es una paradoja vivir en pisos: ahora que todos estamos más juntos y apelotonados en menos espacio, ¡asombroso! es cuando más alejados estamos socialmente.

Elvira Peña

Amor y Desamor

Llevaban 26 años juntos. En esos 26 años tuvo cabida todo: enamoramiento, pasión, ilusión, complicidad, sueños, respeto, armonía, compresión, decepciones, empatía, apatía, desvelos, enfados, reconciliaciones, desencuentros, alegrías, encuentros, diálogos, diversiones, luchas, rutina…

Y con todas las vivencias  de los 26 años juntos, decidieron hacer un recorrido hacia el olvido, y obviando sus experiencias en común, caminó cada uno alejándose del otro, sin dramas, sin gritos, sin furia. Optando por darse la libertad que los dos ansiaban en silencio.

Y fueron felices para siempre.

Elvira Peña} else {

TERNURA

Los domingos los veía  paseando  despacio por el parque. Sus  pasos tenues, como pisando sobre nubes de algodón, sus manos entrelazando sueños por llegar y aquella mirada dulce y cómplice que reflejaba la larga vida en común. Su mutua adoración y el respeto que irradiaban me hizo pensar en cual es el verdadero sentido de la palabra amor. Para ellos, amor es mirarse uno en los ojos del otro después de 60 años juntos y encontrar motivos para seguir ilusionándose.

Elvira Peña

Las tiendas de mi barrio

Se llamaba Sr. José. Tenía un pequeño colmado al lado de casa y era donde íbamos a comprar todas las mañanas lo necesario para el desayuno.

La tienda, alargada, tenía a los lados el mostrador, el peso y las estanterías llenas de cualquier producto enlatado de la  época. En el suelo sacos con legumbres que te despachaban en aquellos cucuruchos de papel marrón, patatas y cebollas, algunos  canastos y cajas de madera con frutas y verduras. Al fondo de la tienda un bidón enorme con una manivela y un grifo para rellenar  las botellas con aceite, y dependiendo de la economía podías comprar: un litro, ½ litro o un ¼. Yo, con 6 años,   alucinaba con aquella tecnología punta de medir en el depósito y llenar la botella. El trato era familiar, el señor José nos conocía a  todos por nuestro nombre: Read more…

UNAS MANOS, UNA VIDA

Manos blancas de alabastro

como mariposas blancas

aletean suavemente

y embelesan mi mirada

Manos rojas de pasión

como brasas encendidas

caricias del corazón

que me hacen sentir viva Read more…

Mi Casa

Al entrar por la puerta de la calle encontrabas un pasillo largo y estrecho que cuando terminaba daba paso, después de subir tres escalones, a un patio. Cuando yo era niña este patio era de tierra. Luego, mi padre lo arregló con cemento para que en los días de lluvia no lleváramos los pies llenos de barro al entrar a casa. El patio se dividía en dos tramos. En el primero encontrabas las pilas de lavar y con el tiempo la lavadora. El tendedero se extendía por todo el patio y era de alambres enganchado en distintas partes de las paredes. En un rincón, al lado de los tres escalones de subida, teníamos un gallinero.

En el patio de arriba era donde hacíamos vida en el verano. Mi madre siempre tenía una mesa y sillas alrededor, allí comíamos y cenábamos. En un rincón, crecía sinuosa una parra que era la que nos daba una sombra oportuna y fresca en el verano y, en el invierno, dejaba pasar el sol entre sus ramas y sarmientos retorcidos. Estaba bordeado el patio por un sinfín de macetas de todas clases, tamaños y formas. Read more…